La vida universitaria está asociada a constantes rumbas y escasos ingresos de los estudiantes de pregrado. Para poder hacerle frente a ello, las famosas ‘vacas’ son fundamentales para obtener el dinero que requieren. A algunos les va bien ejerciendo esta metodología pero, otros, deciden emprender con pequeños negocios.

En los pasillos de las universidades, se les permite a los jóvenes exhibir sus ‘mininegocios’ para obtener algún ingreso extra para costear los gastos de transporte, fotocopias, libros y ocio. Hay casas de estudios que promueven este espíritu entre sus alumnos.
Sin embargo, muchos se cuestionan lo siguiente: ¿qué sucede cuando esta entrada de dinero extra es tan bueno que toma forma para transformarse en un emprendimiento más formal? Hay muchas historias que demuestran la relevancia de emprender desde las aulas. Desde una venta de dulces, ropa o maquillaje pueden ser el primer paso a ser parte de los futuros profesionales.
En Alemania, Jurgen Karlic, de apenas 26 años, rechazó una interesante propuesta laboral en un banco para centrarse en sacar a flote su emprendimiento King Case. Trabajando duro para conseguir un proveedor de repuestos para celulares llamado King Xiao. Luego, logró cerrar un acuerdo con su universidad para que sus productos se usasen en librerías y tiendas dentro de su casa de estudios, alcanzando una demanda que no tenía prevista. ¡Superó sus expectativas!

Actualmente, King Case durante su primer año de vida logró facturar $100 millones, gracias a los vínculos con empresas de producción nacional que pueden aportar con este proyecto. El siguiente paso es ejecutar procesos eco-amigables para expandir sus horizontes hasta distintas universidades de su país.
“El emprendimiento es de tocar puertas y de no rendirse; más cuando somos jóvenes y queremos comernos el mundo”, dijo.