El fracaso tiene que ser un componente clave de la vida corporativa, porque trae consigo enseñanzas clave.
Esta duda es la que sienten muchos de los que trabajan en una empresa cuando les piden que innoven. Aunque sepan que, para hacer un gol, la única posibilidad es patear -y correr el riesgo de fallar- también saben que el fracaso no está bien visto. O, aún peor, que va a ser poco tolerado e incluso castigado.
Entendiendo la innovación como un requisito para la supervivencia de las empresas, ¿qué pueden hacer estas para estar del lado ganador? ¿Cuál es el contexto que deben generar para que la magia de la innovación suceda? ¿Cómo se crea una cultura organizacional innovadora?
Son muchos los altos ejecutivos del mundo corporativo que saben que el fracaso es una parte indivisible -casi un requisito- de la innovación. Sin embargo, el sistema está construido para premiar la eficiencia y la confiabilidad: se llega a ser promovido mostrando que se pueden administrar recursos, elaborar presupuestos y lidiar con los riesgos de manera responsable. De esa manera, por más que esté entendido que podemos (y debemos) fallar, se hace lo posible por evitar el fracaso.
Para innovar, indudablemente, hay que hacer cosas diferentes a las que siempre hacemos y eso muchas veces implica recurrir al método de prueba y error. Si queremos crear una cultura de experimentación y tolerancia al fracaso en la empresa, debemos premiar la prueba, pero también medir el error. Y debemos medir el riesgo.
En su libro Creatividad S.A., Ed Catmull, co-fundador y presidente de Pixar y Disney Animation Studios, sostiene: «Los errores no son un mal necesario. Ni siquiera son un mal. Son la consecuencia inevitable de hacer algo nuevo y deberían ser vistos como algo valioso».